martes, 9 de diciembre de 2008

Viña del Mar, lado B




Claro, había quedado medio inconclusa esa cosa del lado A de Viña, sin un lado B. Simplemente, la vorágine diaria, la alta frecuencia vibratoria que sacude al tiempo que vivimos y los compromisos ligados a la finalización del año hicieron que no quedara tiempo disponible para enhebrar estas ideas que se plasmaron en mi retina cual postal pintoresca que se vende en esos soportes giratorios en los kioskos de revistas.






Al día siguiente del ballet, después de haber llegado a la meta teletonesca, salimos con mi familia a dar la vuelta de rigor por el mall de Viña, con el objeto de pagar una cuenta, vitrinear un poco (muy poco diría yo con mi marido impaciente al lado resoplando todo el tiempo) y justificar un almuerzo fuera de casa.



Así partimos directamente a un lugarcito muy simpático a simple vista, con tres mesitas en la vereda ubicado en 2 ó 3 Oriente. Bajamos del auto y fuimos a echar un vistazo, se veían tentadores pollos dorados, perfectas papas fritas y un costillar suculento. No era muy variada la oferta, pero estaba bien para nuestro gusto. Pedimos a la dueña poder sacar una silla más afuera, hasta ahí, todo bien. Nos sentamos esperando que nos tomaran el pedido.



Me entretuve escuchando los comentarios que hacía una rubicunda señora con aspecto alemán sobre las historias de la teletón, cómo se había emocionado con todas, desde la primera hasta la última mientras horadaba con perfección quirúrgica su jugoso costillar.



Nos dio frío esperando en la veredita simpática. Nos dio lata seguir esperando en la veredita simpática. Nos levantamos y nos fuimos de la veredita antipática.



Adónde ahora? No queríamos ir al patio de comidas...



Al mismo tiempo nos acordamos, mi marido y yo, de esa primera cuadra de la calle Valparaíso, entre Von Schroeders y Traslaviña, siempre hay alguna picada por ahí. Allá fuimos.



Acá no había vereditas simpáticas, más bien, un acomodador de autos bastante déspota que nos hizo cambiar de estacionamiento a su criterio.



El lugar tenía unas cuantas mesas humildemente vestidas y acomodadas a la fuerza, de manera de aprovechar al máximo el espacio. Un pendón publicitario de cerveza fue colocado de manera horizontal en la parte superior de la puerta que daba a la cocina, espacio insuficiente para el diseño original del mismo: vertical.



Una familia completa de peruanos esperaba en la mesa privilegiada al lado de la ventana. Una pareja mayor con pinta de milonga trasnochada aguardaba en silencio y en una mesa dispuesta especialmente para el grupo una serie de personajes nocturnales dispuestos a componer el cuerpo con el suculento menú que ofrecía la casa. Así se veían desfilar pocillos con consomé, platos con cazuelas de carne o lomo a lo pobre entre el griterío emocionado de las mujeres con maquillaje corrido y cabellos de todos los colores imaginables entre el amarillo y el rojo. Minifaldas que bien podrían describirse como maxicinturones que no alcanzaban a cubrir ni las partes más pudendas.



En medio del jolgorio dominical, nosotros, esperando nuevamente por nuestra comida.



Un par de moscas danzaban eróticamente en el medio del lugar al ritmo de un reggetón gomoso que se escuchaba en la radio.



La señora que nos atendía era bastante entrada en edad, con un delantal pringoso y pañuelo amarrado en la cabeza. Le trajo a mi marido la cerveza que ella quiso, nunca la pedida.



Mi hija menor dio vuelta su bebida en la espera (es un sello de ella) y al fin llegó a nuestra mesa llena de servilletas de papel húmedas y teñidas de color café, una gran fuente con chorrillana humeante. Personalmente hubiera dejado dorar un poquito más las papas, pero el cocinero (que no me parece que le diera la talla para chef, aunque qué es un chef sino un cocinero en calidad de jefe, y éste al estar solo, y sólo por su condición solitaria se convierte en uno) estaba sobreexigido con la cantidad de pedidos. Al principio, dado nuestro apetito de tanto rato, ya a esas alturas convertido en hambruna, el picoteo fue incesante. Luego ya, sin prisa fui descubriendo los defectos. Después planté el tenedor al encontrar el pelo de rigor. Y no pude comer más.



Una mujer joven y dos muchachos se unieron al grupo grande pero como ya no había más espacio, se sentaron en una mesa contigua. Los hombres rodeaban alternadamente la espalda de la joven enfundada en ropa apretadísima color blanco. Gritaban de una mesa a otra. Los últimos no tuvieron la paciencia suficiente, se pararon y se fueron abrazados los tres con la mujer en el medio.



En ese momento pensé que no hay nada mejor que quedarnos a comer en casa los domingos.



Al menos sé de quién es el pelo.

2 comentarios:

Lilian dijo...

Hola Sonia!
Este relato me gusto muchisimo... La vida cotidiana pero contada desde tu "puesto de observacion" en este mundo y en forma linda. Me gusto de verdad.
Saludos--

PALOLA dijo...

Hola soni,me reí N con todo tu relato, ya me imagino las mosquitas bailarinas, la mesera,...el pelo, y sobre todo la cara de feliz de Patrick después de todo ese agetreo...mmmm. Quedaron en mimente todo estos personajes, y creeme que tomaré en cuenta tu comentario de almorzar en casa los día domingos...jijij