lunes, 1 de diciembre de 2008

Viña del Mar: Lado A


El sábado fuimos con mis dos hijas a ver el Ballet Cascanueces a la Quinta Vergara

Pensamos que podríamos disfrutar de la velada impregnándonos de esa maravillosa música y la excepcional puesta en escena del ballet del Municipal de Santiago.
Pensamos.
Después de encontrar nuestras ubicaciones analizamos la distancia del escenario, si estábamos más o menos cerca que cuando habíamos asistido el año pasado a ver El lago de los cisnes, en fin, distintas cuestiones que nos hacían acortar el tiempo de espera hasta el comienzo de la función. Vimos con sorpresa cómo se iban ocupando todos los puestos a nuestro alrededor y presagiamos en nuestro fuero más íntimo lo que ya se palpaba como una realidad contundente: tendríamos todo el tiempo detrás nuestro un grupo de "niñitas" (por favor léase con el acento más cuico posible), de distinta edades, contexturas y rubios acompañadas por sólo una mujer adulta, premunida de bolso gigantesco de donde salían, cual caja de Pandora, todas las pestes posibles para un evento de esta naturaleza: máquina fotográfica que a cada disparo sonaba como el homónimo pero de una ametralladora furiosa cuyo flash era tan potente que aún exponiendo nuestras nucas al resplandor, nos dejaba encandilados los ojos, galletas en sus respectivos envoltorios ruidosos, botellitas con jugos varios...
Con mi hija mayor sólo nos mirábamos de reojo y yo trataba de grabar en mi mente los nombres de las integrantes del grupo como para escribir algo al respecto.
Jose, Anastasia, Miki, Cati, Poli, Cuki, Guati y Poti... las niñitas no pararon de moverse, de pedir, de apoyar los pies en mi espalda y de cuchichear, abrir bolsas de papas fritas, tratar de entender lo que la mamá a cargo les explicaba a medida que se desarrollaba la obra y de reconocer filas adelante o atrás a otras "niñitas" de la misma tribu: había una tal "Shtefi" (vaya a saber de dónde era pero pronunciaron así) y al lado la Coté...
Podrán pensar que a qué fui a la Quinta, si a ver ballet o prestar atención a lo que pasaba alrededor, les diré que es muy difícil lograr lo primero cuando lo segundo es tan potente.
El público en general fue bastante tibio, casi indolente diría yo. Sólo los vi emocionados cuando el Rey de los Ratones salió durante el intervalo a recorrer las plateas.
La escenografía y la iluminación, deliciosas. Realmente me transporté al mágico mundo propuesto por Tchaikowsky, aunque más no sea de a ratos, pues casi al final, una crítica emitida por una de las niñitas (la más chiquita) me fulminó: "Esto es lo más fome".

No hay comentarios: